Sólo 30 euros… ¿en qué estaría yo pensando?

Lo sé. Han pasado demasiados días desde mi último post. Pero tengo la mejor de las excusas: no he tenido tiempo porque estaba tra-ba-jan-do. ¡Qué bonito verbo, verdad?! Las cosas aquí en Madrid van cogiendo forma y yo poco a poco encuentro un hueco. Cierto es que mi tozudez tiene mucho que ver, pero también lo tiene la confianza que muchas personas han ido depositando en mí a lo largo de este camino. Y ese es el mayor aprendizaje de este periodo tan complejo y difícil que me ha tocado vivir. Hoy por hoy, gestiono un blog para una marca femenina, estoy dando forma a un gran proyecto audiovisual en Vediamo Media y recientemente me ha llegado la oportunidad de trabajar para un autor muy especial que quiere contar con mis dotes comunicativas. Feliz.

cuponazo-rakuten-30-euros-5-mayoPero lo cierto es que como muchos habréis vivido, las propuestas no siempre son compatibles con la liquidez bancaria. El pasado mes de marzo se me acabó el paro y mis únicos ingresos provenían de la marca que me ofreció la oportunidad de gestionar sus contenidos online. Hagamos cálculos: desde abril hasta día de hoy son 4 meses; y la cantidad que ingreso tiene tres cifras y también empieza por un 3. No digo más.

Suerte que soy gallega y el verbo ahorrar lo llevo tatuado en el cerebro. Si a eso le añadimos mis 14 años en Catalunya, el puño cerrado es un concepto que entiendo muy bien. Vamos, que no me ha faltado un trozo de pan que llevar a la boca, ni he tenido que salir del piso que comparto por falta de pago. Pero todo tiene un límite. Todo se acaba. Y yo siempre he sido muy responsable y vivir al límite nunca me ha fascinado especialmente. Así que dada esa situación me vi empujada a trabajar de lo que fuese. Y me convertí en teleoperadora. Una conocida empresa nacional necesitaba a una mujer que hablase catalán y así me encontraron. Trabajé una semana el pasado mes de mayo y resulté de su agrado. Hasta tal punto que me ofrecieron las substituciones de verano. ¡Fantástico! Ya no corría el peligro de entrar en números rojos y podía combinar ese horario (media jornada) con todos los demás proyectos en los que estoy felizmente metida (con la esperanza de que en un plazo no muy largo empiecen a generar ingresos…).

Pero la vida es muy cachonda. La semana pasada empecé mis substituciones. Y el jueves mis compañeras y yo supimos que la delegación para la que trabajábamos se iba al traste (sin entrar en detalles y sin dar nombres, un gigante extranjero compró nuestra delegación y nosotras, las subcontratadas, ya no entrábamos dentro del pack). Vamos, que volvieron a despedirme por segunda vez en un año. Volvía a quedarme en paro nuevamente. Bueno, en paro tampoco porque no he cotizado ni 10 días. Pero… ¡jajajaja! Me río de corazón. Eso es algo que he aprendido a lo largo de estos meses. A reírme de la situación. Y también a mirar hacia arriba, entrecerrar los ojos y preguntar: “¿dónde está la cámara oculta?”.

En fin. No vamos a regodearnos en la miseria. Saldremos de esta. Siempre lo hacemos.

Pero esta historia me lleva a otra que quiero compartir con vosotros. Una vez finalicé mi última semana como teleoperadora, me llaman para pedirme que me personase en las oficinas centrales de la subcontrata para firmar el finiquito. Allá que nos vamos. A Alcobendas. Yo ya tenía en mente lo que iba a cobrar por esa semana (básicamente porque era lo mismo que trabajé el pasado mes de mayo): 214, 53 euros.

Del finiquito no tenía idea.

Llego a las oficinas. Me atiende una mujer aparentemente muy ocupada. Me pide que espere. La observo y calculo su edad: no más de 40.

Se acerca a mí. Trae consigo el contrato, el justificante de pago y el finiquito.

Contrato ok.

Finiquito: 17, 11 euros… jajajajajaa

Pago por una semana de curro: 184, 53 euros.

¿Perdón?

¿Dónde estaba lo que faltaba para llegar a los 214, 53 euros?

Se lo pregunto.

Me mira con cara de… “a ver chica, no me marees…”

Le digo que el pasado mes de mayo hice las misma horas y que cobre 214, 53 euros. ¿Qué había pasado en julio? ¿Era un mes más barato o algo por el estilo?

Me contesta: a ver, tú has trabajado del 30 de junio al 5 de julio. ¿Correcto?

Pues es lo que te corresponde.

Le digo: ¿podría usted comprobar que no hay ningún error?

Uffff… (suspiro). Déjame ver.

La mujer se dirige a su ordenador y comprueba que efectivamente el mes de mayo había cobrado más. De repente, se ilumina: ¡ahhh! Ahora lo entiendo. Esta última semana que has trabajado corresponde a dos meses diferentes: 30 de junio y los 5 primeros días de julio. De manera que recibirás 2 pagos por separado.

Pues no he cobrado todavía el 30 de junio…

Y aquí es donde viene la historia de este post. Ella, sin dejar de mirar su pantalla, se gira hacia mí, me mira a los ojos y me espeta: bueeeeeno… chica, ¡son sólo 30 euros…! Esta semana los recibirás. Tranquila.

PAREMOS EL TIEMPO.

SON – SÓLO – 30 – EUROS.

De vuelta a casa, con una hora y media de metro por delante, reflexioné profundamente sobre aquellas palabras. Y me puse a pensar en todo lo que podía obtener con 30 euros:

– 1 compra y media en el Mercadona (mi Ibex 35 particular)

– mi parte de la factura de la luz (dependiendo de las eléctricas, claro)

– mi parte de la factura del agua

– casi 3 abonos de transporte de 10 viajes

– más de la mitad de mi factura de teléfono

– un billete de tren a Galicia comprado con 2 meses de antelación

– una cena para dos con Atrápalo.com

– un micrófono de cable para mi cámara de vídeo (con la que trabajo para el blog donde cobro esa cantidad que empieza por 3…)

– Y si me pongo caprichosa: la parte inferior de un bikini para este verano.

En fin. Que al final llego a la conclusión de que 30 euros, hoy en día, dan para mucho. Sin olvidar tampoco que son 6 horas de mi tiempo que he vendido a una empresa para recibir una retribución.  ¡Perdónenme ustedes!

Tampoco voy a criticar a la mujer que me atendió. Estoy convencida de que no sopesó sus palabras. De corazón lo digo. Pero sí creo que fui testigo de los tiempos que estamos viviendo y cuyo meridiano de Greenwich divide a la sociedad española (PIG number 1) en dos tipos de personas: las que ya no valoran el peso de 30 euros porque tienen un sueldo en sus cuentas cada mes, y las que hace tiempo que pedimos a Dios que nuestras manos tengan más dedos para que a la hora de contar salgan las cuentas. Es esa brecha social y económica que nos aleja y nos acerca. Nos aleja porque todavía no hemos comprendido que esta crisis es cosa de todos. Que nada es infinito. Que hoy es una chica que no conoces de nada la que te pide sus 30 euros, pero que mañana podrías ser tu. Y nos acerca porque la necesidad nos une. Yo no me alegro de la situación que me ha tocado vivir, pero sí agradezco la madurez emocional que me ha dado todo este capítulo de mi vida.

El título del blog lo dice claro: la otra cara de la crisis. ¡Bienvenida y bendita sea!

Hace ya casi una semana de esto. Y sigo pensando en ello. Por cierto… ya me han ingresado los 30 euros.

Esta tarde: ¡al Mercadona!

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