“El día que conocí a un hombre libre”

Kike. 56 años, castigado en cuerpo y voz. Ciertamente creí que tenías, por lo menos, 10 años más. Andrajoso, pequeño, quemado por infinitos lunes al sol, encorvado, tembloroso, difícil de entender, pero increíblemente fácil de comprender. Bueno, sobretodo si en el fondo asumo que ambos compartimos algo fundamental: decidir un día huir de lo que no nos gustaba y aún, a día de hoy, seguir huyendo. Tú lo reconoces, yo no. 

Nos conocimos este pasado sábado. Por la noche. En la Latina. Bajo la luz de las farolas y con jolgorio en el entorno. Ellos estaban de fiesta, tú recitabas poesía y yo buscaba algo. ¿El qué? Lo mismo de siempre: respuestas a demasiadas cosas. Y, con la compañía de 3 buenas amigas, te vimos con un cartel escrito a mano donde asegurabas regalar poesía a cambio de besos. Nos cautivaste, así que te reclamamos venir con calderilla en nuestras manos, pero ¡qué burgués fue aquel gesto! ¿Monedas? ¿Por qué di por hecho que tú querías eso? Qué rápido caí en la trampa de la mujercita capitalista que se autocomplace con unos míseros céntimos. Buena obra hecha, campeona. Prometo mejorar. O pensar un poco más. O sentir algo.

Cada una recibimos nuestro poema-piropo. Individualizado. Sin tiempo para pensar. Lo soltaste, con mirada penetrante y cigarro tembloroso en la mano derecha. Parecía que en cualquier momento te ibas a caer, pero era porque toda tu energía la estabas depositando en la voz. Para que te escucháramos. Para que viésemos que tenías algo que decir. Frases, al fin y al cabo, aduladoras -como muchas veces lo es la poesía-, pero eran tu verdad. Y lo cierto es que todas empezamos a cicatrizar las heridas de una noche en la que hombres, trabajo y futuro se presentaban como grandes amenazas.

Del recital pasamos a la charla. Nos contaste tu historia. No te gustaba mucho hablar de ello, pero te sentaste con 4 periodistas… Algo descubrimos y lo resumiré en 4 conceptos: maltrato de género, huida, supervivencia y soledad en las calles. De la lástima pasamos a la reflexión. Te sentías libre y con ganas de seguir adelante. Sabías cómo no morir de hambre, pero me pregunto… ¿sabrás vivir al margen de miradas complacientes como la mía? Es posible que ni te lo plantees. Ahí tu grandeza.

Abriste tu mochila y nos descubriste 2 cuadernos. Tenías 2 más, pero te los robaron. (¿?)

Los llamabas “tu tesoro”. Los abrimos y descubrimos centenares de dedicatorias de anónimos que de bien seguro también cautivaste. Ese es tu camino: conocer, entregarte y pedir unas palabras escritas. ¡A la mierda las monedas! Sólo quieres sentir que entras en el alma del prójimo y guardar el secreto en esas libretas.

Jamás había conocido a alguien como tú.

Todas te escribimos.

Yo la última. Por un momento, pensé en no hacerlo. ¿Qué narices podía decirte yo, viejo sabio? Al final, simplemente decidí darte las gracias en 4 líneas. Las gracias por recordarme la importancia de pagar lo que haga falta por ser libres. Sólo lamento dos cosas:

1. Descubrir un día que nunca llegaré a ser tan valiente como tú.

2. No haberte fotografiado. Aquella sonrisa desgastada y aquellos pequeños ojos llorosos bien seguro habrían dado la luz que le falta a este post.

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