“¿Pero a mí me llaman?”

Ayer fue un día curioso. Como alumna del I Curso Superior de Comunicación Política (Universidad Rey Juan Carlos) tuvimos como profesor al que creo que ha hecho realidad mi fantasía de toda una vida. Sin saberlo, ya existe en el mundo una persona que vive de lo que siempre he pensado que sería mi paraíso en el mundo. Esa isla a la que todos nos gustaría escapar.

Daniel Romero-Abreu es su nombre, y vive en Thinking Heads. Con apenas 23 años, y mientras acababa su formación en derecho y dirección y administración de empresas en el ICADE, creó y desarrolló un modelo de negocio completamente nuevo en España: la gestión profesional de conferencias. Es decir, que a su puerta llaman los generadores de las ideas que mueven el mundo y él gestiona en exclusiva sus intervenciones públicas.

Dicho de otro modo: escucha, aprende, pregunta y comunica. Sus fuentes son las mejores.

Él lo denomina posicionamiento personal. Yo, privilegio. Conocimiento ansioso de salir al mundo y que él ayuda a parir desde hace ya bastantes años. ¿Qué mayor contribución puede existir? Esto es una opinión personal, por supuesto.

Pero el verdadero motivo de este post nace de esa escucha activa al profesor. En un intento de hacernos entender en qué consistía su gestión de las cabezas pensantes -porque no todas lo son-, nos puso a prueba. Nos dio pautas de cómo definir nuestro valor y posicionarnos con él, pero no será aquí donde hable de todo eso. No. Creo que una entrevista con él iluminaría este blog, pero eso ya es otra historia…

Me remito a un instante. Un instante en el que Daniel nos empuja a pensar para qué nos suelen llamar los amigos. Qué es aquello por lo que siempre nos necesitan. Qué es lo que más habitualmente nos proponen. Qué favor despertamos en la boca del otro.

Y lo que a priori parece una sencilla pregunta a la que responder, para mí significó un boquete en el suelo. Me quedé en blanco. Intentaba recordar la última vez que alguien me llamó para pedirme algo y no lo conseguí. Por supuesto, no cuenta el mensaje de tu compañera de piso que te pide algo del mercado, o el mensaje de una amiga que te recuerda que habéis quedado el viernes para tomar algo. No. Yo intentaba buscar ese momento de auxilio que te solicita el otro, o esa petición que sabes que sólo tú puedes cumplir. Y no vino nada a mi recuerdo.

Amigos tengo. Y buenos. ¿Pero les ofrezco yo algo? ¡Qué jodida sensación la de ayer!

Este último año ha sido tan disparatado y obcecado en la búsqueda de una realización profesional que creo que el mundo restante lo borré del camino. Desaparecí. Y quien me busca me encuentra escribiendo, corriendo o callando. ¿En quién me he convertido? ¿O es que siempre he sido así?

La verdad es que no tengo mucho más que decir. Sigo dándole vueltas a esto y evitando caer en la autofustigación, pero empiezo a plantearme si mi amor por la soledad no estará tergiversando mi realidad. O si mi amor por el trabajo no me estará siendo infiel con otro (s).

Llamar me llaman. Pero siempre sale algo laboral en mis conversaciones. Siempre. Y sé que mi teléfono suena y mi e-mail parpadea porque les gusta contarme cosas, y a mí me fascina escuchar. Pero… ¿eso es todo lo que hago? ¿Eso es lo que ofrezco a la gente?

¿Es ese mi valor o es que ni siquiera sé lo que tengo para dar?

Creo que nos adentramos en pantanos peligrosos. Otro día, mejor.

Por el momento, echadle un vistazo a Thinking Heads. Un lugar de visita, como pocos.

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