“La carta de amor prometida”

A quien corresponde,

Hacía tiempo que deseada escribirte, pero ya nos conocemos. De hoy para mañana, y de mañana para nunca. Lastre de pereza, o de miedo. Miedo a escribir demasiado y decir poco y, por supuesto, terror a decepcionarte. Pero lo que está claro es que estás siempre ahí, en mi mente y en mi corazón. Más en el primero, demasiado en el segundo. Pero ¿para qué invadir tu tiempo con frases de emoción y tinta de fracaso? Tú mejor que nadie sabes como soy y qué busco; tú mejor que nadie has sufrido mis vaivenes emocionales y mis golpes de risa; tú mejor que nadie has experimentado mis ganas de lucha y mis naufragios. ¿Cómo voy a volver a molestarte por enésima vez?

Pero esto es como los buenos vicios de la vida. Sabes que no debes, pero sigues. A largo plazo te pasa factura, pero a corto es tan placentero que te olvidas del resto. De todo. De todos. Por eso hoy, después de incontables días de calendario, he decidido ilustrarte en frases lo que ya sabes y descubrirte un nuevo tesoro. Porque aunque parezca mentira, todavía quedan infinidad de cosas por conocer y, por consiguiente, de captar tu atención para mi regocijo personal. Sé que de ese modo siempre podré tenerte en mi vida porque lo único que tú deseas en esta vida es aprender y sentirte viva.

Siempre fuiste una loca. Sensata en el día, abrumadora en la noche. Responsable en la mesa, inquietante en el sofá. Amante del conocimiento e infiel a los dogmas. Solitaria como la que más, conocedora de varios pecados capitales y sabedora del sufrir. Por amar. Por rencor. Por terror. Por pudor. Por vivir… Y donde otros ya abandonaron trincheras, tu sigues a pie del cañón en pro de lo que crees firmemente. Tus malditos valores… ¡Cuánto daño me hicieron! ¡Qué insignificante me hicieron sentir muchas veces! ¡Y qué sola estuve durante todos aquellos años…!

Pero siempre te lo perdoné porque, en el fondo, tú eres la mayor víctima de todo ello. Naciste pensando que harías algo por este mundo, y te niegas a aceptar que somos el resto de nosotros los que queremos ayudarte a ti. Nunca te sentiste merecedora de ello. Nunca entendí el porqué. Supongo que nadie jamás lo ha conseguido, el entenderte. Porque amada lo has sido. Y mucho. Puede que no en la forma que tú deseabas, pero ellos -y yo- hicimos lo que pudimos. Pero ¿cómo abrazar a alguien que vuela constantemente? ¿Cómo prometer un compromiso a alguien que aspira a tantas cosas y a tanto espíritu? Como tú muy bien dices, tu mejor compañero parece ser la soledad. No te juzga, ni te daña. No siente pereza, ni miedo. Es un idealista de la introspección, y tú, querida, eso es lo que buscas. No quieres dolor, ni reproches. No quieres paciencia ni temeridad. Tampoco quieres límites ni excusas. Quieres honestidad, fidelidad y compromiso con la vida. Con la gente. Con las palabras y con los actos.

Amiga mía, te deseo lo mejor. De verdad. Pero ¿sabes qué? En el fondo creo que eres consciente de que no vas por el buen camino. Estoy convencida de que sufres en exceso y disfrutas en escasez. La vida no es eso. Tampoco tengo muy claro en qué consiste exactamente, pero yo he visto la felicidad. Espontánea y fugaz, pero la he visto. Y recuerdo algún día compartirla contigo, pero nunca fue suficiente para ti.

Alguna vez me hablaste del ego y de esas espiritualidades tuyas que jamás nadie te hubiese pintado. Bien sabes que tu apariencia es una sorpresa, y no por lo que enseñas, sino por lo que escondes. 5 minutos, porque no dilatas demasiado en el tiempo el confesar a oído ajeno tus ensoñaciones. Tus teorías del mundo y tus metas en la tierra. ¿Pero alguna vez has tocado con los pies en ella?

Querida, eres buena gente. Eso nadie te lo puede negar, pero ha llegado el momento de que alguien te diga que ya basta. ¡Ya basta de tantos ideales! Tantos referentes humanos y tantas cosas por decir. Te estás alejando de todos y ¿por qué? ¿Por qué quieres demostrar al mundo que tu sino es comunicar algo? ¿El qué? ¡Narices! ¿El qué? No eres mejor que nadie. Tampoco peor, pero eres tan corriente -o más- que cualquier otro. ¡Asúmelo ya! Y no te olvides de comer; de dormir; de vivir.

Ya sé que no tengo derecho a decirte cómo debes transitar en la vida, pero estoy preocupada. A lo lejos veo cómo te consumes, y no es perceptible para el resto, pero sí para mí. Han sido muchos años de aventuras y desdichas, y te conozco mejor que nadie. Aún y así, siempre he envidiado tu capacidad para ilusionarte con todo y para remontar. El Ave Fénix con vagina que no hace alardes de su capacidad de aguante y que niega al mundo que está asustada. Porque lo estás. Yo lo sé y tú también.

Algún amigo en común me ha contado lo acontecido en los últimos meses… Y lo siento, lo siento de veras. No te mereces esa situación, pero no te culpes. Nadie se lo esperaba, ni siquiera yo. Pero el destino -ese del que siempre hablabas- nos pone un camino no siempre llano. Pero esas piedras con las que nos hace tropezar siempre nos llevan a un nuevo atajo, y estoy convencida de que tú sabrás caer y sacudirte el polvo. Otra vez. Pero deja de hacerlo sola, deja de hacerlo a cualquier precio. Nada ni nadie es tan importante y, si lo que siempre has deseado no se cumple, pregúntate qué hay de nuevo en el mañana. Deja el pasado y no persigas el futuro. Quédate en el presente porque es lo único verdadero.

Y ahí va el tesoro prometido: “no pasa nada”.

No te enfades.

Seguro que estarás pensando: ¡cuánta tontería para tres palabras insulsas y carentes de poder! Puede que sea verdad, pero léela otra vez.

No pasa nada.

Respira, mírate al espejo y di: No pasa nada, Dímpel.

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