“Siempre dudé”

De todo. Como nunca antes lo había hecho en mi vida. Y lo fácil sería decir que es responsabilidad ajena, pero creo que va siendo hora de asumir que padezco el mal más común y del que siempre me jacté de no poseer: la cobardía. Yo sola y en soledad me autoconvencí de que aquello no tenía sentido, ni pies ni cabeza, pero sobretodo, no tenía corazón. Demasiado rápido y demasiado extraño. De oportunidad se pasó a cercanía. Demasiada. En cuestión de horas lo lógico se convirtió en pasado, y la locura en presente.

¡Mal momento para cruzar líneas! Soy vulnerabilidad excitante y el prójimo de madurez asustadiza. Buena combinación para ver las estrellas, pero resaca para despertar y volver a mi hogar. Porque hoy soy más niña que nunca y la mujer que llevo dentro está por otros quehaceres, como buscar un camino en el que seguir creciendo y sentirse segura. Meses atrás habría dejado el freno al copiloto y confiado en saber esquivar los obstáculos, pero hoy ese copiloto va en otro coche y no puedo pedirle más que siga corriendo en paralelo conmigo. ¿Y por qué engañarnos? En el fondo, la posibilidad de cambiar de dirección cuando él considere necesario es lo que más le atrae y a mí lo que más me asusta.

Y mientras escribo ya todo ha sucedido. ¿Qué sentido tienen estas líneas? Posiblemente el mismo sentido que tuvo el día en que me dijeron que yo siempre sería piloto. Es verdad, pero el mejor corredor del mundo sabe que sin un compañero a la derecha el coche siempre acaba en la cuneta. No lo olvides. No hay piloto sin otro, aunque el argot lo encuadre en el (co-) de las narices, porque el idioma de las palabras nunca estará a la altura de los pensamientos de muchos de nosotros. Y no es que seamos especiales, sino que simplemente no queremos hablar por miedo a fracasar.

Y sigo escribiendo porque es lo que más me llena. Y porque lecturas cercanas me empujan a pensar que he hecho lo correcto. Bien porque yo no era el motivo o bien porqué sí. Nunca lo sabré, y mejor así. Tú ya has cogido la primera salida y yo el autobús, pero me quedo con ese asiento trasero donde reflexiones, análisis, palabras y silencios hicieron lo que debían: parar el coche y paralizar el tiempo.

Esa sensación estuvo bien, pero nunca me la creí. ¿Qué le vamos a hacer?

Aquí y ahora, en mi autobús, me siento más segura y no dudo de las intenciones de nadie porque nadie, en el fondo, me conoce.

Feliz trayecto y saluda al chamán de mi parte.

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