“El abuelo de Avenida América”

Miércoles 19 de febrero.

8.30 h de la mañana. Avenida América.

Una mañana que no olvidaré con facilidad. Un minuto del tiempo que permanecerá en mi retahíla de recuerdos de cuando un día decidí dejarlo todo y venir a Madrid. Reconozco que la fuerza de aquel momento depende de quien lo viva, pero siempre he sentido que todo sucede por algo y que constantemente debemos leer las señales del camino. Pura metafísica, refugio religioso o simplemente inmadurez emocional, pero así interpreto mi vida y la de los demás. Teniendo en cuenta esta contextualización personal, la pequeña historia que os voy a contar os puede hacer sentir algo… y seré muy breve porque todo fue tan veloz y diminuto como un destello, pero arrasó con mucho. Mucho de eso que algunos llamamos voz interior.

Con un café ardiendo en la mano, un cigarro en la otra y la mente en el día que se presentaba, esperaba sentada en una cafetería de esquina la llegada de un amigo para irnos a San Fernando de Henares. Un proyecto audiovisual se nos presenta a corto plazo, pero todo está en al aire. No hay números, pero sí ilusión. Hay tiempo, pero también demasiada necesidad. Entre el sueño mañanero, las preocupaciones de aquel día y el cálculo aproximado de qué ecuación estaba formulando en mi vida, mi estado mental no era el más fructífero que se podría esperar. De todas formas, ya hace unos meses que no me exijo ser perfectamente positiva. Asumo que mis circunstancias son complejas y que lo importante es que, a pesar de todo, sigo adelante.

Entre calada y sorbo, de repente, se acerca un anciano por mi izquierda. Bajo, encorvado y silencioso. A penas 10 centímetros lo separaban de mí. Sin reparos, sin disimulo. Allí mismo traspasó mi espacio vital y me miró fijamente. Yo, como en otras ocasiones, cuando me sucede algo así tiro de la táctica “que piense que no me he dado cuenta”. Una siempre piensa que “ya se cansará”. Pero aquel hombre no mostraba intención de quererse ir.

La sensación era realmente incómoda, pero envolvente. Avenida América es un torbellino de gente y coches, y durante aquel instante todo se silenció. Sólo le sentía a él y a mi respiración. Tal intensa era su presencia que no tuve más remedio que levantar la mirada, buscarlo y permanecer callada esperando “algo”.

Y llegó.

Estas fueron sus palabras: “No lo olvides nunca, eres una crack“.

Mi corazón se paró. Literalmente. Durante unos segundos la vida me habló.

O bueno… me habló un abuelo.

¿Qué estaba sucediendo?

¿Demasiadas preguntas?

¡Qué le voy a hacer…! Siempre he buscado respuestas.

Le sonreí y le dije un “gracias” lleno de gratitud. Me importó bien poco no conocerlo porque aquel señor me acabada de decir las palabras más exactas que mi alma necesitaba. Y su sinceridad anónima se convirtió en el credo que nunca pondría en duda. Nunca.

Algo sucedió allí.

¿Me estoy volviendo loca?

Puede ser. Pero, ¿alguna vez he tenido más cordura que locura?

Sea como fuere, no tiene explicación. Sucedió y punto. Aquel abuelo supo que algo me sucedía y se acercó convencido para asegurarme que no pasaba nada. Que siga a pesar de todo.

¿Una casualidad?

También puede ser. Pero ¡qué justa y acertada estuvo esa casualidad!

Dicen (o eso he oído) que en Madrid suceden estas cosas.  Pero ¿cómo las llamamos?

Cierto es que mi vida sigue un poco igual, pero no dejo de pensar en él. Quienes me conocen saben que siempre he sabido luchar y perseverar, pero también me han oído hablar de esa crisis circunstancial y personal por la que algunos estamos pasando. No he puesto el freno, pero sí que, por primera vez en mis 30 años, se me ha adelantado la duda… la inseguridad…

De todas formas, y por algún motivo que prefiero no verbalizar, aquel desconocido me recordó, como mínimo, que la vida la guioniza alguien más que mi propio marco conceptual. Y puede que justamente ese haya sido el mensaje que me tocaba escuchar: mira más allá de tu propia oscuridad.

Me he vuelto chaveta.

¿O no?

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