En serio… ¿qué nos está pasando?

Esa  es  la  gran  pregunta  que  nos  hacemos  los  ciudadanos.  Pero, ¿realmente  exigimos una  explicación?  Y si  lo hacemos,  ¿tenemos  criterio  para saber si nos  están engañando? La tentación de la inocencia, dijo un sabio, nos convierte  en verdugos cuando no somos consecuentes con nuestras responsabilidades. Nacemos hombres y mujeres de una sociedad que se supone que nos pertenece, que no debe tener un precio y que debemos defender de aquellos  que  no  creen  en  ella. Pero  parece ser  que  un  día olvidamos  todo eso y  nos  despertamos  con titulares copados de conceptos que sentíamos ajenos: crisis, prima de riesgo, desempleo, prevaricación, corrupción, sobres en B, desahucios, preferentes, rescate bancario o jueces estrella.

Recientemente,  a  uno  de  esos  jueces  que  hoy  tenemos  en  portada por  presunta prevaricación le pregunté: ¿es consciente la ciudadanía de su poder? Su respuesta fue, cuanto menos, sorprendente: tampoco es importante que no lo sepa porque la inocencia, la espontaneidad y la forma en que puede erupcionar una parte de la ciudadanía son mecanismos de  ese  poder. Puede que tenga razón, pero la realidad es que nuestras vidas se han paralizado. Nada cambiará si seguimos mirando de reojo al vagabundo de la esquina, regalando nuestro voto al mejor postor, dejando morir al chaval que se consume de hambre en la Puerta del Sol, escuchando gritos en televisión u olvidando un buen libro que nos enseñe de qué va esto de la vida. ¿Por qué lo hacemos? ¿Tenemos miedo a saber la verdad? ¿O es que todo  nos  da  igual? Cierto es que nuestra España democrática se erige sobre cadáveres incómodos, políticos que hacen lo que pueden (o eso dicen) y una clase media falta de cultura cívica e institucional. A veces, promocionada por  una  casta  de poderes públicos que temen al espíritu crítico y otras, retroalimentado y defendido por todos los que nos hemos quedado sin trabajo, sin  un  techo, sin  educación, sin médico, sin comida  y, lo  peor de todo, sin dignidad.

¡Pero tengo una buena noticia!: entre la gente ordinaria hay grandes extraordinarios. Y nacen de nuestro verdadero poder:  el  conocimiento. Del grito en  las calles,  de los retwitts complacientes a los que admiramos o del suspiro indignante viendo la televisión no obtendremos  más  que  excusas  para  seguir siendo lo que somos:  ignorantes optimistas.

Como  todo  en  la  vida,  al  principio  nos  dará miedo, pero de nosotros depende el futuro que soñamos:  justo y excitantemente lleno de retos. Empecemos por escuchar al que nos intenta instruir sin intereses, por gastar nuestros céntimos de euro en un buen libro o en rescatar a la prensa que intenta empezar de cero (y en serio). Sigamos por reunirnos  con quien ha empezado a diseñar propuestas en nuestro barrio, por preguntar lo que no entendemos y discutir lo que no nos convence. Y acabemos por dejar de ser obedientes con el poder que se fuma el puro y se bebe el whisky aposentado sobre nuestras conciencias.

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2 thoughts on “En serio… ¿qué nos está pasando?

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